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A las 6 y pico

Silencios

Silencios

Hay silencios que nunca debieran producirse, momentos que debieran ocuparse con palabras . Hablar , hablar , hablar . No callar ni un instante .LLenar de palabras la pena , la ausencia , el dolor , el amor , la vida , las ganas de morir . Hablar para mentir y hablar para decir la verdad .Hablar con ganas o sin ellas .Hablar por hablar y hablar por no callar .Hablar para mostrarte y hablar para esconderte . Hablar para acallar al silencio porque hay silencios que nunca debieran producirse .Hablar , hablar , hablar .Hablar y no decir nada.

La balanza de las ilusiones

La balanza de las ilusiones

La mujer de la balanza que pesaba las ilusiones trabajaba durante los ocasos en las cumbres de los picos azules.
El ensamblador de mecanos era un muchacho sumido en sueños no colmados. Un día, éste decidió subir a las colinas de los picos azules a pesar sus ilusiones. Y así lo hizo, emprendiendo el duro camino empinado. Y cuando por fin llegó a la cima, en el ocaso del día, allí encontró a la mujer de la balanza, invitándole a que le ofreciera las ilusiones que deseaba pesar. Mas viendo el muchacho a la mujer, desprendiose de todos los sueños acarreados pues fueron sustituidos por uno sólo. Y no tuvo más sueño que permanecer junto a aquella mujer aunque sólo fuera por una noche. Mas la mujer de la balanza estaba allí para pesar ilusiones y no podía eludir su responsabilidad. Al muchacho no importábale que ella estuviera atareada y la esperaba pacientemente, pues ya su único anhelo era gozar de su compañía. La mujer de la balanza llegó a tomar aprecio por el ensamblador de mecanos. Este esperaba todos los ocasos pacientemente a que la mujer de la balanza pesara todas las ilusiones que le eran entregadas y gozaba de cada segundo que ella podía darle cuando sus quehaceres se lo permitían. Mas éstos eran escasos y, poco a poco, el muchacho desesperaba. Ella observaba al muchacho esperándola y llegó a tomarle aprecio, mas no sabía como decirle que sus tareas no le permitirían jamás colmar sus deseos, pues aunque ella no era capaz de adivinar el futuro, hubo un día en el que, habiéndose quedado dormido su apreciado ensamblador de mecanos, tomó con cuidado su única ilusión para poderla pesar en la balanza. Y, sabiendo que ésta jamás miente, diose cuenta de que su amigo nunca conseguiría su único sueño. Mas la mujer de la balanza no dijo nada al muchacho, pues pensaba que éste terminaría cansándose ya que a muchos antes les había pasado lo mismo, y a muchos después les ocurriría igual. Pero el ensamblador de mecanos no era igual que ellos y no parecía desistir, aunque sí comenzaba a cansarse de que sus sueños nunca fueran atendidos. Y así pasaron los meses, incluso los años; con el ensamblador de mecanos visitando, todos los ocasos, a la mujer que pesaba ilusiones, y ésta intentando ocuparse de el mientras sus obligaciones se lo permitían. Mas el muchacho que ensamblaba mecanos comenzó a pensar que su sueño nunca llegaría a cumplirse y su humor volviose cambiante. Y había días que era huraño con la mujer de la balanza de ilusiones, y otros días paciente y comprensivo. Mas el muchacho dábase cuenta de estos cambios de humor que en él se producían y comenzó a elucubrar una decisión que no era de su agrado, pero que veía como única salida. Y preguntó a la mujer causante de su único sueño, explicándole que probablemente no subiría más ocasos a la cima de las montañas azules, y ella se entristeció pues apreciaba al muchacho, mas no podía hacer nada al respecto a causa de sus deberes. Y llegó el día en que el ensamblador de mecanos decidió que sería su último día, y así se lo comunicó a la mujer de la balanza de ilusiones. Y los dos se dijeron un hasta pronto, pues ninguno quería que fuera un adiós. Y los dos apetecían de besarse como despedida, mas la mujer no podía abandonar la balanza para ir donde el muchacho permanecía observándola.
La mujer de la balanza de ilusiones pensó que debería pesar junto al ensamblador de mecanos su ilusión juntos, así lo hizo, le cogió su mano aferrándosela con fuerza y los dos miraron al interior de la balanza, al principio se veía una espiral de aceite, pero pronto aparecieron imágenes que al ensamblador de mecanos le sorprendieron gratamente estaba la cucaracha de Kafka intentando abrir la puerta y Alicia, la del país de las maravillas le ayudo a abrirla, no sin apartar de su paso a las lagartijas de Alfanhui que entorpecían su camino, y entraron en el mundo de Momo, donde los fumadores de tiempo habían sido exterminados y bailaban felices las longanizas de Gargantua y Pantagruel mientras el perro de Pascual Duarte, que estaba vivo, las perseguía.
Se miraron, sonrieron, y unieron sus labios en un cálido beso, habían visto su verdadero sueño juntos.
La mujer de la balanza de ilusiones siguió pesando, y espero al próximo ocaso con la esperanza de que el ensamblador de mecanos le dejara ver sus sueños cogidos de la mano.

El poderoso

El poderoso

Desde luego él era el jefe, de eso no había duda. O al menos era lo que se le dejaba creer. Él pensaba que dominaba la situación. Que lo tenía todo controlado. Yo, a fin de cuentas, no era nadie en su inmensa estructura … En su organización, tan perfecta.

Era uno más, eso sí.

Supongo que para él era insignificante, pero no nos vamos a engañar, a la vez necesario. La verdad es que yo estaba muy harto de esa situación. Llevaba días planteándome salir de allí. Dar el gran "campanazo", por así decirlo … Estaba a punto de explotar. No estaba nada a gusto y aquello no se iba a sustentar mucho tiempo más.

Aunque claro, no podía dar la nota así por las buenas, tenía que controlarme. Aquella semana había sido muy mala, habían habido muchas tensiones. También había que ser un poco comprensivo, el hombre casi no había ni comido, había estado muy estresado y nervioso gestionando multitud de detalles para una reunión muy importante, que precisamente en ese momento estaba acabando. Y claro, no era buena ocasión para una cosa así. Estos temas era mejor tratarlos en privado.

Mientras, el hombre disimulaba, pero sabia perfectamente que yo estaba al limite de mi aguante, seguro que me lo había notado. Pues yo era transparente. Era un de mis tantos defectos de mi ser... No podía disimular. Supongo que él estaría nervioso porque de sobras se lo estaría viendo venir, no era tonto. De repente se empezó a inquietar un poco más, se sonrojó levemente incluso. Estaba incomodo.

Yo me crecí entonces. Podía ser insignificante en su vida pero si decidía despedirme de una forma poco discreta sé que él querría que se le tragara la tierra ya que quedaría realmente mal delante de sus nuevos clientes. ¡Menudo era el tío! Ego centrista y presumido … Egoísta. Un nuevo rico, alguien que sólo pensaba en quedar bien y en el qué pensarán.

Yo sabía de otros compañeros que se habían despedido con poco estilo y haciendo mucho ruido … Echando pestes … Pero nunca ninguno delante de tanta gente y en una situación tan comprometida. Yo podía darle entonces una lección … De hecho mi forma natural de ser y de actuar era más fuerte que mi voluntad … Y quizá por mucho que lo intentara al final no podría contenerme. ¡Menudos aires de grandeza tenía yo también!

La reunión marchaba bien. Eso seguro. Estaba siendo un éxito total. Pero él no las tenia todas consigo. A medida que pasaban los minutos su incomodidad e inseguridad iban creciendo, yo entonces estaba tan salido que ya me importaba todo un pimiento. Si la “liaba” le serviría de curita de humildad … Aprendería que no todo se puede controlar en esta vida … Que algo puede fallar, que se han de cuidar todos los detalles. Y que aunque no me tuviera en cuenta podía estropearle el día y la existencia con un solo desaire mío.

Yo sabía que apretaba el culo (con perdón de la expresión), sus ojos estaban fuera de órbita, le sudaban las manos. No sabía ni como ponerse en la silla. Una gota de sudor enorme empezó a resbalarle por la frente, haciendo esquí alpino en sus entradas. Le había cambiado la cara. Él sentía que yo la “haría” muy gorda, su intuición era un hecho.

Yo no podía con mi alma. Él pensó que levantándose y paseando por la sala se le pasaría el mal rato. Yo estaba en mi salsa, disfrutando. Y estaba tan a punto de caramelo que no pudo pasar un segundo más cuando, antes de que él pudiera volver a sentarse dejara ir el pedo más escandalosamente sonoro y putrefacto que se había tirado en mucho tiempo.

Y ese fue mi final, un claro ejemplo de la triste vida de cualquier gas, como yo.

* Autora : Comella Firmet

Huevo

Huevo

Un hombre tumbado en un diván - parece desdichado - y una psicóloga están en la consulta de ésta. El hombre desdichado habla. La psicóloga toma notas:
- Míreme, doctora. Yo soy perfectamente normal. ¿Por qué tuve la desgracia de nacer de un huevo? ¡Si soy un ser humano como cualquier otro! Ya ve usted que no tengo nada de ave, ni de reptil...
- ¿Quizá de pez? - interrumpe la doctora.
- ¡Tampoco! - responde el paciente, mientras Paloma Gavilán, doctora en Psicología por la Università di Milano, escribe a toda prisa en su cuaderno. - Soy cien por cien humano - continúa - pero mi madre puso un huevo a los tres meses de embarazo y me incubó otros seis meses hasta que rompí el cascarón. No me enteré de todo esto hasta los diez años, más o menos. Me lo dijo mi hermano mayor. Estábamos discutiendo y sabía que lo dijo para fastidiarme. No le creí. Le llamé mentiroso. No le creí, pero algo en mí debía saber la verdad, porque no era normal que me pusiera tan furioso. Le llamé de todo, traté de pegarle, aunque él era más grande. Me puse a llorar y llegó mi madre. Entonces le dije lo que había dicho mi hermano...
La voz del paciente se apaga, sus ojos parece que miran a algo que no está en aquel lugar, como si estuviera viendo la escena que ha narrado. La doctora Gavilán da golpecitos con el bolígrafo en el cuaderno.
Por fin, el paciente reacciona y concluye:
- Mi madre no tuvo que decirme nada. Leí la verdad en sus ojos. Era todo cierto.
De nuevo se queda en silencio. La doctora piensa un momento y pregunta:
- ¿Había notado antes rechazo por parte de su familia o su entorno?
- ¡Sí, por cierto! En primer lugar, mi padre...
- ¿Cómo es la relación con su padre? - pregunta la doctora.
- Nunca lo veo. - responde el hombre desdichado, que parece más desdichado por momentos, - No se extrañe. Él me odiaba. Años después supe por qué. Decía que un niño que había salido de un huevo no podía ser suyo. Creo que esto fue lo que causó que se marchara de casa. Cuando se fue, mi madre me contó que incluso se había opuesto a que me incubara. ¡Imagínese! ¡Mi propio padre!
- Comprendo... - dijo la doctora, y su rostro tenía un gesto realmente muy comprensivo y tranquilizador.
- Y no era sólo mi padre... los demás niños... no sé cómo lo supieron... pero me llamaban "pájaro". ¡Yo era el pájaro, el pajarito, el pajarraco o el gorrión!"Pájaro de mal agüero, pájaro de mal agüero..." les oía susurrar a mi paso. ¿Y acaso tengo algo de pájaro?
- A primera vista diría que no. - concede la psicóloga.
- ¿Tengo alas? - insiste él.
- No - responde ella.
- ¿Plumas, pico? - insiste más.
- No - responde más.
- ¡Efectivamente! - concluye él su demostración - Soy un humano normal y corriente... aunque...
- ¿Sí? - le anima a seguir la doctora.
- Aunque... - sigue, ruborizándose un poco - es verdad que hasta hace unos pocos meses nunca he podido probar una sola tortilla...
La doctora Gavilán palidece. Dice, con voz entrecortada:
- Jamás oí atrocidad semejante.
Su paciente parece más desdichado que nunca. Gime. Solloza. Dice entre hipos:
- Usted... también me rechaza...
La doctora está roja de ira y al mismo tiempo pálida de miedo - el tono de su piel es, por lo tanto, un tono de rosa entre claro y fosforescente. Tiembla y echa chispas por los ojos, a la vez que exclama:
- ¡Usted... ha comido huevo!
Sale volando, indignadísima, por la ventana.

En ese momento, el hombre que había nacido de un huevo comprende, como en una revelación, que puede volar. Se sube al marco de la ventana. Manteniendo a duras penas el equilibrio, extiende los brazos por el lado de afuera. Salta hacia delante y empieza a batir los brazos frenéticamente.
Sus últimas palabras antes de morir son:
- ¡Doctora, espere!

Javi (2004)

Sueños (III)

Soñé que volvías en la noche . Tu mano recorrió mi espalda e inmóvil disfruté del placer de saber que me mirabas .Grité en silencio :¡¡ ha sido horrible amor , no mueras más !!.Y me negué a despertar.

El Entretenimiento: Arenga rimada entre Baldomero y Celestino.

B. - ¿Es el sol aquel lucero
que brilla allá en lontananza?

C.- No. Es el ojo de Constanza
que mira con desafuero.

B.- ¿Decís el ojo?
¿Acaso es tuerta?

C.- Sí, que se atizó con el cerrojo
mientras cerraba la puerta.

B.- ¡Santo Cielo! ¡Mala suerte!
en verdad, malaventura.
Mas, es peor aun la muerte
que a Esa nadie la cura.

C.- Ciertamente; que no venga,
mas son sus males a pares,
que la dama quedó renga
cuando se hallaba en los mares.

B.- ¿En los océanos viles?
¿acaso estuvo luchando
con piratas zascandiles?

C.- Pues no, que se hallaba solazando
en el mar de Los Candiles.
Tenía ella quince abriles
cuando quedó cojeando.
Ya sabéis, que hay a miles,
en esas playas nadando,
de tiburones, estoy hablando...

B.- ¿Decís que los tiburones
mutilaron la pierna de la mujer?
¡Indescriptible llega a ser!
Mas, decid, ¿hasta los jamones?

C.- Hasta la misma bragadura,
que si no es por un marino
que la agarró..., un tal Rufino,
no lo cuenta, la criatura.

B.- Pero... ¿se estaba bañando
en piélago tan bravío y fiero?
¿un baño se estaba dando?
C.- Que no, señor Baldomero,
que tan sólo estaba holgando,
metió la pierna primero,
para irse refrescando,
pues aún siendo en enero
el sol estaba abrasando,
sentada estaba, en lindero,
y donde el mar iba dando,
y el talón hundió ligero...

B.- Deduzco. Los peces iban pasando...
y... ¡Es tremendo Celestino!
¡Cada cual tiene un destino!
y aunque vayáis soslayando...
Pero aún sigo pensando
que fue propicio su sino.
La muerte estuvo rozando...

C.- Cierto es, pero hay más penas,
para la pobre Constanza,
y es que esa dama tan buena...
ya veis, sufre malandanza.

B.- ¿Más desgracias? ¿Más reveses?
¿Y qué más cuitas padece?
¡La vida es tan vil a veces!

C.- De un brazo sufre carencia
y de la otra mano, tres dedos,
no inquiráis por la incidencia
que nada sé de sus ruedos.

B.- ¡Cielo Santo! ¡Santo Cielo!
¡Tuerta, lisiada y manca!
¿Y es calva o posee pelo?

C.- ¿La conocéis? Sí que es calva,
como, del río, el guijarro,
y es que una vez se echó barro,
que le afirmó una tal Alba
que era eficaz para piojos,
mas todo era un desbarro
y Constanza, cual despojo,
con calva monda y lironda,
la interpeló con enojo
y la tal Alba, por hacer ronda,
contestóle sin sonrojo:
-¿Qué no es cabal para piojos?
pues tu mollera redonda
libre está de esos gorgojos.
Y mientras, se reía, oronda.

B.- Coja, manca, calva y tuerta...
no cabe más desventura,
mejor que estuviera muerta
y así se arranca su agrura.

C.- ¿Muerta? ¡vos os contrariáis!
¿no dijisteis que la Muerte
es temible y sin enmienda?
Mirad bien lo que opináis
que vuestro juicio no es fuerte.
¡A vos no hay quién entienda!

B.- Cierto es, mas vos sabéis
que tiene pocas bonanzas
la pobrecilla Constanza...

C.- Ninguna tiene, la desdichada,
mas, como no existe...
pues que si no esta charada
sería azarosa y triste.
¿Quedó bien la parrafada?


B.- Regular: y de refinarnos hemos,
Mas, mejor esto que nada,
que estos juegos tan jocosos
que vos y, yo junto, hacemos,
me agradan más que los cosos,
y que las justas o las gradas;
¡Me embeleso cuando gloso!

C.- ¿Mañana a la misma hora?
traeré nuevas andanzas
¿Serán de la triste Constanza?
¿O acaso de la gentil mora?

B.- Mañana, mi buen Celestino,
yo discurro el personaje,
que es mi turno y yo imagino.
Encarnaremos a un paje,
e hilvanaremos su sino,
sus peripecias y gajes.

C.- Convenido está, en tal caso,
que es instancia razonada,
¡Hasta más ver, Baldomero!
me voy dando el primer paso
que la ruta es dilatada.

B.- Con Dios vayáis, Celestino,
y bien tomad estas viandas
para abreviar el camino,
que todo varón que anda
la panza le forja trino
y se agita con demanda.
Os dispuse hogaza y vino.

C.- Agradecido me hallo,
os devolveré el halago
que obligado es Celestino.
Mañana mismo lo hago.
y más no hablo, ya callo,
y me alejo. Adiós, vecino.

B.- ¡Ah, ya está cantando el gallo!
Con Dios, mi buen Celestino.

ELLO

ELLO

No trato de justificar lo que hice, pero la verdad, se esforzaba en amargarme la vida diciéndome cosas que yo no quería oír... Y no digo que le faltase razón, pero no se puede ir por el mundo haciendo daño gratuitamente: que si era un fracasado, que si en realidad hacía esto o lo otro por tal o cual causa, que si no me aceptaba tal como era... Eso irrita, va minando tu aguante; llega primero a preocuparte, después, a dolerte, y el dolor, cuando alguien te lo causa así, sólo por hacer daño, se convierte en irritación, y la irritación deviene en odio; además, creo que en realidad era él el que quería reafirmarse a sí mismo, cobrar relevancia a costa de destruir mi ego.
Yo había oído decir donde se escondía, así que, cogí el cuchillo que uso para desviscerar la caza, y lo hundí en mi abdomen. No pude ver la sangre de mi subconsciente muerto, porque antes, la mía lo inundó todo.

COMO YO QUISIERA SER

COMO YO QUISIERA SER

Si armonizar pudiera mis virtudes
para ser como yo quisiera ser,
aunque fuera con mil vicisitudes,

sin ánimo de gloria poseer,
seguro que sería lo que no soy
y alejaría de mí, lo que ya es.

Mas, como todo sale del tintero,
la pluma se emborracha y se desliza
y me transformo al fin en lo que quiero.

Así, ¿qué ver del niño que no sea
su ingenuidad y cándida inocencia
que osado y atrevido se recrea

llevado por la duda y la impaciencia?
De la mujer, su facultad de madre,
del anciano, templanza y experiencia,

del joven, su arrogancia y su donaire,
del preso, su resignada paciencia,
del ladrón, su temeraria osadía,

del rico, su avaricia y su indolencia,
del pobre, su astucia para vivir,
del héroe, su arrojo y su valentía,

del cobarde, exacerbada prudencia,
del santo, su ejemplar comportamiento,
del tirano, su frialdad e imprudencia.

Sin más, de toda condición humana,
por aberrante y perversa que sea,
una luz se filtra por su ventana,

que sin ser muy brillante o no se vea,
siempre dejará una huella visible
que el ajeno valora o se recrea.

Y cuando me veo listo para andar
y señalo en la vida mi sendero,
es mucho a lo que debo renunciar,

a pesar de haberme hecho como quiero:
vana ilusión y desquiciado empeño
aunque el proyecto salga del tintero.
Cayetano Bretones

EL ENCUENTRO 2ª parte

EL ENCUENTRO 2ª parte

Es indudable que la desgracia se había pegado a él como una lapa y se cebaba de su sangre cada día y cada minuto de su vida, como lo demuestra el hecho que tampoco en esta ocasión encontró la paz y un mínimo de felicidad; pues apenas había pasado un año, la dolencia de su pierna izquierda se fue agravando progresivamente, hasta que debido a un proceso infeccioso, como consecuencia de su deficiente riego sanguíneo, derivó finalmente en un foco gangrenoso que precipitó la amputación de la pierna izquierda por encima de la rodilla, con posible riesgo de contagio en la pierna derecha, como así fue, porque en el corto espacio de dos años ya se movía en una silla de ruedas con las dos piernas amputadas. Aquella situación me colocó en una difícil encrucijada: por un lado me encontré con una responsabilidad que asumí gustoso por el lazo de amistad que nos unía, pero a la vez dudaba de poder cumplir si me flaquearan las fuerzas o no encontraba apoyo en alguien que se interesara también por su situación. Como suele ocurrir en estos casos, inclusive entre parientes cercanos y también entre hermanos, el rechazo a los problemas u otros intereses terminan primando muchas veces sobre los sentimientos y yo, en este sentido, todavía no había tenido necesidad de ponerme a prueba. Por otro lado, era una obligación que podía eludir si así lo prefería sin un mínimo de responsabilidad, pero no así de remordimiento: abandonarle era tanto como dejarle morir encerrado bajo llave, y eso es algo que mi conciencia jamás me lo hubiera permitido. Por esta razón, durante el proceso de su larga enfermedad, bien en el hospital, bien posteriormente durante largos paseos, nuestra relación de amistad siguió su curso con absoluta normalidad, aunque teñida ya con tintes de mayor tristeza y desaliento. Y cuando yo empezaba a pensar que lo sabía casi todo de su pasado, un día, al despedirnos, me dijo en tono misterioso:

-Mañana no faltes a la cita que tengo algo para ti.

No puedo negar que quedé un tanto intrigado, pero, sospechando que se trataba de una de sus acostumbradas bromas, pues aún había lugar en su corazón para chanzas y pitorreos, no tardé en olvidarme de su ofrecimiento.
Efectivamente, coincidiendo con el fin de semana, cuando a otro día acudí puntualmente a la cita me recibió más triste de lo habitual, y con un lacónico discurso, con los ojos enrojecidos a punto de llorar, me hizo entrega de una carpeta a la vez que me decía:

-Como sé que voy a morir pronto, ahí tienes mi auténtico pasado, ábrela y contempla lo que hay en ella; espero lo leas, lo ordenes y quiera Dios que algún día pueda ver la luz. Confío en ti.

Llevado de ese innato deseo de todo ser humano de meter las narices en lo desconocido, mentiría si digo que no me sentí tentado en aquel mismo momento a marcharme para ver el contenido de la carpeta. No en vano pasé toda la tarde inquieto y obsesivamente pensativo intentando averiguar qué sorpresa me esperaba cuando llegara a mi casa.

La verdad es que me fue fácil ordenar aquel trabajo meticulosamente manuscrito con letra redondilla alineado en rectilíneos renglones en unos doscientos folios, impolutamente cuidados o con escasas tachaduras o cualquier otra rectificación que denotara descuido de su ejecutor.
Aquella noche y parte del día siguiente lo pasé leyendo ávidamente, y cada folio me llevaba a un mundo totalmente insólito para mí y nunca, hasta esta ocasión, se me había ocurrido pensar que un hombre podía abrigar en su corazón tanta decepción y amargura. Esperando estoicamente los reveses de la vida, su resignación le enseñó a no precipitarse y ser fuerte, hasta familiarizarse con ellos y terminar dedicando buena parte de su tiempo a luchar contra su peor enemigo: el fracaso. También de forma honesta y fidedigna, en aquellos folios se comprometía moralmente a dejar constancia de la verdad, como si hubieran sido los únicos testigos garantes de su correcto proceder.

Como a primera vista me pareció un trabajo de gran interés, respetando siempre el espíritu del original, dentro de mis posibilidades y salvo algún matiz añadido o rectificación, puse manos a la obra y empecé a tirar del hilo, desgranando cuidadosamente cada filamento hasta llegar casi al final. Y digo casi, porque se precipitaron los acontecimientos, como ahora veremos, y no lo pude terminar.
Pocos meses habían pasado soportando a diario el martirio de su incapacidad motriz cuando, como una prolongación fatídica de aquella maldita enfermedad, como él había pronosticado, le segó también la vida, siendo aún relativamente joven.

Desgraciadamente, mi amigo murió antes de ver terminado su proyecto, mi proyecto, pero, aun habiendo fracasado en mi intento, me siento satisfecho de haber contribuido a su realización y, sobre todo, porque en ningún momento quebranté el compromiso de mi palabra como corresponde a una buena amistad.
Por supuesto que el libro pasó lícitamente a poder de su familia, yo diría indigna familia; porque teniendo conocimiento de su dolorosa y larga enfermedad, en ningún momento se interesaron por su estado, y sí hicieron acto de presencia pocas fechas después de su fallecimiento para recuperar el libro, pues ya sabían de su existencia; aunque estoy seguro que su destino sería la hoguera pocas horas después. No en balde, el libro revelaba las infidelidades de su mujer en un intento por dejar su honor fuera de toda sospecha respecto de su conducta de hombre resentido y humillado.
Cayetano Bretones

EL ENCUENTRO Iº parte

EL ENCUENTRO Iª PARTE

Era una tarde gris y lluviosa del mes de octubre, cuando las tormentas suelen desatar su violencia con atronadores estampidos y la lluvia, impulsada por la gota fría, cae a cántaros cuando menos lo esperas en esta tierra generosa de Valencia.

Los transeúntes corrían precipitadamente ahuyentados por el fuerte vendaval para guarecerse en portales, tiendas y cornisas. Yo vine a resguardarme de la lluvia bajo la marquesina de una tienda de comestibles, justo enfrente de una parada de autobús.

La tarde se hacía cada vez más oscura, la lluvia arreciaba y los coches que circulaban lo hacían a baja velocidad y con las luces encendidas, formando sobre cada una de sus ruedas en forma de abanico una cortina de agua. Era uno de esos momentos patéticos que la naturaleza anuncia tragedia, o que podemos ser testigos de algo extraordinario; porque las tormentas en Valencia, cuando se producen, suelen ser como sus tracas, una prolongación de rugidos y luces como un volcán en erupción.

Los autobuses se acercaban a la parada con suma lentitud y, a través de los cristales, empañados por un sutil velo de vapor, se veían casi vacíos. En uno de ellos, cuando se paró frente a mí, vi descender a un hombre embutido en una gabardina que se apoyaba en un bastón y con gorra azul de corte marinero. La lentitud de sus movimientos y la dificultad con que bajaba el alto escalón movió mi ánimo a ayudarle a descender. Por su aspecto pude adivinar que bajo aquélla gorra se ocultaba una cabeza atormentada, sin que por ello llamara a compasión, pues iba decorosamente vestido y con cierto aire honorable que lo dignificaba.

La lluvia se hacía por momentos más densa y las calles, prácticamente intransitables, empezaban a convertirse en auténticos ríos amenazando inundar la acera donde nos encontrábamos. Pero su parquedad en palabras y mi innato reparo a conectar con quien no conozco, hicieron posible que durante unos minutos apenas se cruzaran las palabras precisas para comentar la gravedad del momento y las desastrosas consecuencias que producen estos fenómenos atmosféricos por estas latitudes. Finalmente, debido a la duración y violencia de la tormenta, terminó por romperse nuestra cortedad, lo que permitió que se iniciara el diálogo abierto, y con él se desvelara el secreto. Es evidente que de no haber sido a través de la palabra, pese a que sólo habían transcurrido seis años, los estragos que en su persona habían causado la enfermedad, seguro que esta vez no le hubiera reconocido. Por otro lado, el hecho de que yo llevara un gorro amoldable de plástico para protegerme de la lluvia, no favoreció nada las cosas, lo que motivó que ambos dudáramos de nuestra verdadera identidad; aunque durante el desarrollo de la conversación nos fuimos rescatando del pasado hasta que terminamos viéndonos más o menos como éramos.

Cuando amainó la tormenta y por fin pudimos caminar, una vez sentados tranquilamente mientras tomábamos café en un bar cercano, con lágrimas en los ojos fue desgranando pausadamente, como él acostumbraba, los pormenores de su nueva odisea, que no fueron otros que los problemas surgidos entre familia los que le obligaron a abandonar Barcelona.
Las palabras de aquel hombre, profesor de instituto jubilado por invalidez permanente, siempre calaban hondo en mi corazón: no había más que escucharle atentamente para extraer de cuanto decía una gran lección de ética y valores enraizados en sus limpias convicciones.

-Es increíble, mi buen amigo -enfatizaba visiblemente emocionado- que después de tantos años nos volvamos a encontrar cuando parecía un recóndito secreto que Dios o quien sea no estaba dispuesto a desvelar.

¡Cuánto cambia todo a medida que se va engrosando la historia de nuestra vida!, le respondí un tanto indeciso. La vida es un bien que recibimos gratuitamente, pero hemos de acuñar el recibí con achaques, canas y arrugas. De no ser así, de no ser por ese estricto control a que todos estamos sometidos, no faltarían bribones que, igualmente que viven del engaño y la mentira, también intentarían engañar a la naturaleza para pasar de incógnitos y librarse así de su rigor.

-Así es de sencillo –me contestó sonriendo
Cayetano Bretones

DUERME (minificción)

DUERME (minificción)

Lloras atrapado en las redes de la noche.

El silencio te asusta, la oscuridad te duele y mis caricias no te alivian.

Duerme, mi niño; mejor duerme. Inventa un sueño y escóndete en él, porque ¿sabes?, han secuestrado al alba.

EL ARTE DE NO LEER

EL ARTE DE NO LEER

JORGE Luis Borges, que es una enciclopedia de citas y anécdotas y cuya existencia como personaje real parece discutible, afirmaba que casi todos los autores están orgullosos de los libros que han escrito, aunque él, sin duda, se enaltecía mucho más de los libros que había leído. Puede aprenderse a escribir con soltura, precisión y cierta elegancia, pero el talento de saber leer ya es algo más complejo, un don que se trae a este mundo y que cuesta muchísimo cultivar hasta el virtuosismo de, por ejemplo, del mismo Borges, quien acometió con éxito la proeza de leer la Enciclopedia Británica para sacarle el mismo provecho que a la más exquisita obra literaria. Leer es el acto de suprema autoridad, sin duda el más laborioso y creativo de todo fenómeno literario porque buenos escritores los hay a miles, pero los avezados intachables lectores se cuentan con los dedos de una mano.

Cualquier librero sabe que de los cientos de personas que pasan cada día por su establecimiento, sólo dos o tres son auténticos lectores. Se les reconoce porque saben abrir un libro sin estrenar el indemne crujido de las tapas recién encuadernadas y por el reconcentrado esmero que usan a la hora de consultar las primeras páginas, las solapas y la contracubierta del volumen que acaso lleguen a comprar. Un lector verdadero no va a la librería en pesquisa de libros, sino que aparece por entre las estanterías y anaqueles como alma en pena buscando redención, esperando la llamada susurrante que transcienda la hermética baluerna de todos esos libros tan sólidos sin leer, empacados en sus lomos terribles. Para el verdadero lector es un orgullo haber acabado de la primera a la última letra algunos libros, cierto, pero la fascinación por la literatura consiste y toma sentido y emoción en todos esos libros que no ha leído aún y de los que espera merecer claras señales de afinidad en el momento oportuno. Deambula y suspira quedo entre libros mudos hasta sentirse elegido. Es el instante insuperable de la revelación. Josep Pla, casi cumplidos los cincuenta años, se lamentaba: «¿Qué poco ha leído uno y cuánta frivolidad he puesto en mis lecturas!». Frase que no deja de ser como poco inquietante si consideramos la monumental erudición del ampurdanés y lo prolijo y variado de sus lecturas. Pero él, como muchos lectores de raza, sufría esa desazón y el convencimiento de que todo lo importante, lo decisivo, lo que en verdad le habría servido para considerarse un lector 'hecho', estaba todavía por descubrir. La lectura, para desesperación de sus adeptos (que, como mantenía hace unas líneas, son pocos), es algo que nunca termina, una meta que nunca vamos a alcanzar, una certeza que nunca llega a producirse. Es el mismo síntoma que afecta a los rastreadores pertinaces de la verdad y la belleza: el camino, lleno de alentadores descubrimientos intermedios, se hace cada vez más largo y más dificultoso de transitar, siempre bajo condena de ver y ser capaces de describir el misterio pero sabiendo que nunca llegaremos a entenderlo y mucho menos a explicarlo. Las palabras del concienzudo Wittgenstein sobre su propia obra son demoledoras a este respecto, y estoy convencido de que todos los escritores y lectores deberían recurrir a ellas, como terapia de humildad e incitación a la perseverancia, cada día y nada más meter los pies en las zapatillas junto a la cama: «Mi obra consta de dos partes, la que está escrita y la que no he podido escribir, y es esta segunda parte, precisamente, la más importante de cuanto debería haber publicado». Bajo esa perspectiva y condiciones resulta perezosa, francamente algo párvula, la reflexión acerca de esos libros universales que todo el mundo conoce y que casi nadie ha leído, como parece ser el caso de El Quijote, cuyo cuarto aniversario se ha iniciado con un entusiasmo espectacular. Los escaparates de las librerías están ya colmados de diversas ediciones de la magna obra de Cervantes, y queda por desembalar el grueso de la oferta. En pocos meses las actividades, conferencias, debates, congresos y demás buhonería literaria en torno al Quijote abarrotarán la peregrinación de sapiencia cervantina que ya prepara con ánimo festivo las maletas. ¿En verdad tiene importancia que muchas o pocas personas hayan leído El Quijote? Quizás de esta novela y algunas otras obras literarias pueda afirmarse que su importancia radica en que han transcendido el hecho en sí de la lectura para acomodarse con soberana plenitud en esa instancia, 'la más importante', de aquello que no se ha leído y compone el capítulo fundamental lleno de atracción y hechizo para el imaginario común de toda una cultura. Lo mismo podría decirse del Ulises de Joyce, no ya refiriéndonos a todos esos escritores que lo señalan como novela fundamental del siglo XX y que, sin embargo, nunca fueron capaces de digerir el capítulo dieciocho de la misma, sino también a los miles de personas que cada año celebran el Bloomsday en Dublín y rememoran y se regocijan en las excelencias de una obra que, probablemente, ni han leído ni nunca llegarán a leer. Sobre lo muy experto que es el público en asuntos de la Ilíada y la Odisea y las siete docenas de verdaderos lectores que ha tenido Homero, cualquier comentario sería de una obviedad reiterativa. Tenía razón Josep Pla, en efecto, qué poco ha leído uno; y no digamos Wittgenstein cuando señalaba la relevancia absoluta de lo que ni se ha escrito ni se ha leído. Tiene toda la razón del mundo ese lector voraz y siempre insatisfecho que llega a la librería como superviviente en el naufragio de mil novelas y, sin perder el ánimo un suspiro, sigue respirando ansioso entre volúmenes cerrados, en frenética espera, deseando un libro como se desea una mujer de la que nada sabes aunque el rumor de los días entre libros, que es el rumor de la vida aproximadamente, asegura que en el mismo instante en que tus ojos descubran su figura quedarás perdidamente enamorado de ella, para siempre.

Entonces uno descubrirá que el misterio perdura, y que tampoco era tan importante haber leído cuatro veces El Quijote. Total, uno puede permanecer toda la vida junto a la persona amada, con el libro de los libros sobre la mesita de noche, y nunca va a descubrir qué cosa tan extraña y tan acechante y tan dulce y tan tirana es el amor, y los libros, y un par de cosas más en verdad devastadoras e irrenunciables y de las que otro día les hablo, si me lo permiten.

Publicado en IDEAL-Granada (El síndrome de Waterloo, 13/01/2005). http://www.ideal.es/opinion

Ropa interior naranja

Aquella noche salieron a ahogar sus penas, como tantas otras. Era algo que hacían por lo menos una vez al mes, para sanear y retomar sus respectivas rutinas con mayor fuerza y determinación.
Paula y Sergio se conocían de toda la vida; en realidad, sus vidas no se habían cruzado hasta hacía cosa de dos o tres años atrás, pero desde aquél mágico día, no habían vuelto a ser capaces de plantearse el haber llegado a existir el uno sin el otro. Constituían una pareja envidiable, aunque nunca habían sido pareja.

Aquella noche era una de sus especiales noches de borrrachera y "desparrame" tan esperadas por Paula. Nunca lo planeaban, cada vez que uno de los dos sentía la ardiente necesidad de romper con todo mediante una de sus clásicas "reuniones de crisis" llamaba al otro, fuera la hora que fuera; los dos dejaban a un lado los planes que tuvieran para esa noche, y se encontraban a las 24 horas en la Puerta del Sol, delante del Oso y el madroño.

Pero aquella noche Paula miraba a Sergio de cierta manera picarona.

En seguida comenzó la ronda de Margaritas, que tanto gustaban a la chica (a Sergio no le costaba nada hacerla feliz dejando que imperaran sus gustos, que eran tan delicados como ella). Lo estaban pasando en grande, riéndose de sus problemillas cotidianos: que si el jefe, que si la minifalda de la compañera trepa, etc... Paula sonreía constantemente, mientras jugueteaba inocente e insinuantemente con uno de sus bucles. Entonces comenzó a decir:
- No te fíes de las mujeres con ropa interior naranja...

Sergio no entendía muy bien qué era lo que su amiga pretendía insinuarle con esas palabras, así que se limitó a sonreirle como si tal cosa.

La diversión, que como siempre era grande en mutua compañía, seguía su cauce, mientras iban cambiando de garitos, así como de combinados.

A eso de las 4 A.M, los dos se hallaban bastante entonados, bueno, se podría decir que Paula estaba borracha como una cuba, así que Sergio se decidió a acompañarla a su piso, haciendo gala del sentimiento de protección un tanto fraternal que ella le inspiraba desde siempre.

La fuerza de la gravedad tiraba de Paula hacia el suelo, pero Sergio la agarraba por la cintura con mayor fuerza aún, para no dejar que cayera.

Una vez en el ascensor, Paula volvió a repetir entre risitas su frasecita de la noche:
- No te fíes de las mujeres con ropa interior naranja.

Al fin llegaron al piso de la joven, Sergio sacó su propio juego de llaves, abrió la puerta y condujo a Paulita al sofá, donde se dejaron caer entre risas y suspiros de alivio.

A los diez minutos, cuando estaban tan relajados comentando lo mucho que aquél camarero se había fijado en ella, Paula se levantó y comenzó a desnudarse.

Se habían visto desnudos miles de veces, ya que no tenían ningún tipo de secretos el uno para con el otro, ni tan siquiera físicos.

Pero aquella noche había algo diferente. Sergio se quedó atónito cuando vio que:
"Paula llevaba ropa interior naranja".

Stuffen.

Revancha

De un día para otro, las cosas parecían haberse vuelto frágiles. El papel se desgarraba con facilidad; los niños volvían a sus casas con la ropa aún más destrozada que de costumbre; empezaron a ser frecuentes las historias de grandes catástrofes en las cristalerías familiares y de accidentes causados por sillas o mesas que se rompían. Hubo preocupación y pánicos ocasionales según el fenómeno tendía a extenderse y generalizarse. Pronto dejaron de existir las figuritas de porcelana, los juegos de café y otros objetos delicados. Numerosos obreros morían al desplomarse los andamios en los que trabajaban.
El tiempo pasaba y no se encontraba un remedio, ni siquiera una explicación. Al contrario, el problema se agravaba. Empezó a afectar a los edificios. La siguiente escena se hizo parte de la vida cotidiana: en cualquier lugar de la ciudad, de repente, la señal, un crujido, algo que se quebraba: “¡otro derrumbamiento! ¿dónde?”; tremendo ruido; acto seguido, una nube de polvo que invade el aire, los pulmones, los ojos; gritos de pánico, gemidos de dolor; en imágenes fugaces y fantasmales: gente huyendo enloquecida en todas direcciones, y unas ruinas intuidas más que vistas. Cada vez más personas perdían sus casas, vagaban por las calles sin saber dónde ir, ofreciendo un espectáculo lamentable que no dejaba de conmover a nadie pues nadie estaba a salvo.

Al tiempo que se producía este fenómeno, las ciudades empezaron a poblarse de vegetación. Más preocupados por la misteriosa y gradual descomposición de nuestros objetos que por las tímidas hierbecillas que comenzaban a asomar en calles y plazas, no dimos, al principio, importancia a este segundo proceso.

No tardamos mucho en comprobar, sin embargo, el extraordinario vigor que habían adquirido las plantas y entonces todo cambió. Como si la corrosión de las cosas artificiales lo hubiese anticipado y la súbita pujanza de la naturaleza lo confirmase, la humanidad entera comprendió que su dominio sobre el planeta era cosa del pasado. No hicieron falta demostraciones: la fe en la especie se derrumbó, y fue arrastrando las instituciones de la sociedad. Todo había acabado ¡nadie se engañaba! Jamás hubo una convicción tan unánime: inútil pensar en el porvenir. Abolido el futuro, ¿qué razón quedaba para hacer el esfuerzo de la civilidad, para reprimir los instintos primarios? Llegó el delirio: entusiasmos feroces, crímenes, orgías salvajes, los mercados desabastecidos, ¿quién iba a trabajar, cultivar, recolectar, distribuir...? ¡y el hambre! ¿asesinatos, robos, pillajes? ¡con el estómago vacío, no era cuestión de andarse con remilgos! si te hacías con algo de comida ¡a callar! ¡más valía que no se supiera!... y no debo olvidarme del sexo... ¿promiscuidad? ¡oleadas de violaciones! ¡lujuria animal, insaciable! ¿incesto? ¿por qué no?... en fin, todas las facetas del caos, imposibles de enumerar; la ciudad por momentos parecía un manicomio... el desenfreno se extendía como una epidemia que amenazaba acabar con todo...
Se producían escenas confusas: grupos de gente, aquí y allá. ¿Qué hacen? ¿Representan una amenaza? ¿Cómo saberlo? De repente alguien pasa corriendo, lanzando rápidas miradas a un lado, al otro. ¿Dónde va? ¿A qué viene tanta prisa? ¡Claro! ¡Tiene algo! Comida, ropa, un reloj, ¡qué más da! Tiene algo y no puede seguir corriendo: está rodeado. “¿Qué tienes? ¿Nos lo vas a dar?” Mejor irse, qué me importa todo esto...
La vida se volvió azarosa, las seguridades y los deberes tenían cada vez menos sentido. La autoridad cayó por su propio peso, sin revueltas ni motines. Parecía como si los hombres, en vez de resistir, se aliaran inconscientemente con la naturaleza dando rienda suelta a todo lo animal que llevaban dentro. Muchos huían de las ciudades, pero ¿dónde ir? ¿Dónde buscar la esperanza y la seguridad perdidas?

La flora empezó a adueñarse, cada vez con más insolencia, de las poblaciones, y con ella vino la fauna. Las calles eran intransitables; grandes árboles crecían en las casas, que se derrumbaban al dejar paso a la vitalidad agresiva de las ramas y las raíces. Los tigres se paseaban por los centros comerciales.
La naturaleza mostraba una alegría exuberante y salvaje: los colores vivos de las plantas, verdes, rojos, amarillos y azules que dañaban la vista a la vez que fascinaban y seducían a los niños y a los locos; la algarabía de los animales en la noche de la ciudad; los pájaros de plumas brillantes que volaban en todas las direcciones y se posaban aquí y allá; todo parecía una brutal celebración de nuestra derrota.
Cualquier estructura artificial estaba condenada a la destrucción. El empuje de la naturaleza se aliaba con la repentina decadencia de nuestras posesiones. La civilización – lo que quedaba de ella – se replegó en ciertos barrios, menos afectados que el resto por estos procesos inexplicables. Luchamos contra la pujanza vegetal haciendo uso de máquinas y herramientas cada vez más inútiles y quebradizas, mientras todo se derrumbaba a nuestro alrededor.

La pelea fue corta y acabamos perdidos. El viento desintegró los últimos vestigios de la civilización. Nuestros edificios, nuestros vehículos, nuestras máquinas, nuestras ropas... se fueron volando, convertidos en partículas diminutas.
El bosque lo cubrió todo.
Los humanos – mejor dicho: aquellos que aún conservábamos algún resto de humanidad –, perdidos en un medio extraño, nos agrupamos para intentar la defensa.
Despojados de casi todo, reducidos al estado primitivo de animales que saben hacer fuego, por la noche sólo nuestras hogueras mantenían a distancia a las fieras que oíamos aullar, rugir, amenazantes, cercanas...
No duró mucho esta situación. Todos los días alguien moría por enfermedad, alguien era devorado por algún depredador, alguien se extraviaba en el bosque para no volver... todas las noches alguien desaparecía sin dejar rastro...

Pronto me encontré completamente solo. Resignado, acepté mi destino y me tumbé en medio de la maleza; me dormí.
Soñé que era semilla.

Javi 2004

MARCADO POR LA TRAICIÓN

MARCADO POR LA TRAICIÓN

MARCADO POR LA TRAICIÓN

Llevo en la espalda un puñal
clavado por la traición,
no sé qué me duele más,
la herida o el corazón.
Y aunque mi herida no cierra
esperando tu perdón,
tu ausencia ya no me aterra,
que mi herida esté sangrando
o que me trague la tierra,
pero seguiré luchando
hasta que se haga la luz,
aunque me muera esperando.
Tan confundido me siento
que ya no sé quien soy yo,
si luz, si sombra o si viento,
o tal vez un impostor,
pero siempre fui sincero
porque nunca fui traidor.
Si para mi alivio fuera
capaz de odio engendrar,
y mi corazón pudiera
con el desprecio medrar,
herida ya no tendría,
pero nunca supe odiar.
Si el odio fue tu aliado
y el desprecio tu señor,
sierva de los dos has sido
y verdugo del amor.
Por eso, si me lamento,
con el dolor del herido,
no es por el dolor que siento,
ni porque estoy afligido,
sino más vivo y despierto;
porque al fin he comprendido
que no se puede vivir
con un puñal en la espalda
y el corazón malherido.
Goreño

EN CASA

EN CASA

Reunió valor después de muchas semanas de pensar en ello. Un domingo lluvioso condujo su automóvil hasta la vieja y olvidada casa familiar.
La herrumbrosa cerradura tardó en ceder. Por un instante temió que la llave oxidada se partiera. La oscuridad de la entrada y el olor a humedad y decrepitud lo recibieron.
Encendió el mechero. Caminó con premura, asustado, y cuando estuvo en medio de la habitación bajó la llama hasta descubrir el antiguo juguete, un coche de bomberos que muchos años antes dejó caer, cuando su padre lo llevaba en brazos el día en que abandonaron aquel lugar a toda prisa y sin esperanza.
El coche de bomberos estaba cubierto de moho y hebras telarañosas.
No pudo recogerlo, como deseaba. La voz, la voz de siempre, la profunda y agria voz que había arruinado su infancia, gritó desde el piso de arriba:

- ¿Has traído mis chocolatinas?

A salvo en su automóvil, de vuelta al hogar, pensó que en su torpe huida había olvidado cerrar la puerta. Maldijo para sí. Murmuró:

- Dónde encontraré una tienda abierta, hoy precisamente...

Tampoco pudo recordar la marca de las chocolatinas.

Bobby Fuller Four, I Fought The Law 1966

I fougth the law

"I fought the law in a law one...
I needed money cause, I don´t have..."

Bueno, no he sido capaz de encontrar la letra de esta canción de Clash. La entiendo un poco, pero no me arriesgo a escribir lo que yo creo que escucho, no sea que meta la pata.
Tenía ganas de pegar la letra aquí y punto.

Gracias por conocer la canción, amigo.

Stuffen.

Sueños (II)

Soñé que un hombre sin rostro surgía del mar,su pelo enredado de palabras azules flotaba sobre un mar negro , un cielo inmóvil asustaba las nubes y los silencios que nacían de sus manos se repartían por el aire.Mis ojos seguían ese borrón de cera informe que habría sido su cara y mi deseo se iba convirtiendo en gotas de colores que caían muertas sobre la arena.
De pronto , el hombre sin rostro dió un paso sobre las aguas y mi miedo se volvió tan negro que se confundió con el mar , y él pasó sobre mí sin mirar.
Al despertar , sólo tenía palabras y silencios.

Papá... Te quiero

¡Cariño!... Hoy tenemos una cena de empresa... Los proveedores nos han invitado a todos los trabajadores de la empresa a cenar en el restaurante que queramos, por lo tanto voy a llegar tarde, no me esperes levantada...”

Estas fueron las últimas palabras que pronunció aquél varonil cuarentón y un poco bajo de forma, antes de ajustarse la corbata (la de los eventos especiales), y con un aire “a lo Resines” salió de casa en busca de algo más que una cena...

Todos los amigotes habían puesto la misma disculpa ante sus parejas respectivas, menos Gómez, el soltero impenitente, que no dejaba el menor resquicio a una relación que durase más de un buen revolcón... Pero aquélla, iba a ser una noche sorprendente... Y es que hay algunas veces que no se sabe si por la conjunción de los astros; los posos del café; o por los elixires un tanto piratas de los pubs más rumbosos del lugar... La vida de las personas cambian repentinamente...

Todo empezó en aquél pub, Gómez se quedó algo inquieto ante la insinuante invitación de una vecina que le caía justo enfrente... Un ligero roce de su dedo en la copa y un beso fueron suficientes gestos como para que Gómez desapareciera... Ni los avisos en principio un tanto sutiles, y luego ya muy directos de sus amigos, le hicieron cambiar de opinión... Era demasiado tarde, Gómez había puesto el ojo en su, en una... Bueno era un hombre muy guapo, vestido totalmente de mujer, aunque a eso a Gómez no le importó... No volvió a aparecer en toda la noche, y a partir de esa noche se le vio más entusiasmado que nunca... Estaba enamorado de Violeta (así era como se llamaba su nuevo amor)...

Se hizo un silencio, al ver que Gómez se marchaba con él/ella. Digamos que era un silencio mezcla de extrañeza y ridículo... Pero con el sorbo apurado de la última copa se pasó... Fueron al restaurante más elitista del lugar y allí degustaron (bueno lo que las copas le pudieron dejar degustar) los manjares más sutiles y suculentos que habían probado durante mucho tiempo...

Entre bromas y chanzas habían llegado a la 1:30H. de la mañana... Las voces se rompían en canturreos ebrios con más ganas de entonar que de la propia entonación...

Con cierta pastosidad en la boca fueron saliendo del local, tras dejar una suculenta cuenta pagada, y un cierto olor a alcohol capaz de romper todas las máquinas de la Guardia Civil, antialcohol...

Ya con un mareíllo más que discreto se lanzaron por los garitos nocturnos en busca de caza y captura... Después de un par de copas en un pub muy estiloso se embarcaron en otro lugar un poco más joven... Allí las hormonas femeninas y masculinas bullían por todos los lados... La música aunque estaba alta era buena... Ritmos calientes que hacían bullir a los cuerpos sudorosos... Moncho se tiró al cauce de pasión de aquel oscuro lugar y encalló en un grupo de chicas... Su ritmo cachondo y un tanto torpe hizo reir a todas ellas... Una en especial se reía más de lo necesario...

Poco a poco se fueron separando del grupo... Sus cuerpos comenzaban a estrecharse, se atraían hacia sí... Era inevitable, la guerra comenzaba y no había nada ni nadie que lo impidiera...

Sus caricias y sus besos fueron “in crescendo”... Los amigos envidiaban el encuentro, las amigas envidiaban la situación, el resto estaba aletargado entre la música y los efluvios alcohólicos atrapados en vasos de tubo...

No se sabe cómo aterrizaron en aquella cama, simplemente estaban allí; frente a frente, mirándose a los ojos... Ella fue acercándose con esas manos suaves y fue desabrochándole la camisa, poco a poco, rozando su piel con los dedos... Las manos de Moncho, no se separaban de sus caderas, frotándola suavemente y sin parar... Mmmmmm... Las sábanas apenas querían rozar los cuerpos enardecidos de los amantes... Una y otra vez se amaron... Por fin quedaron dormidos, entre el calor de sus cuerpos y ese olor a amantes locamente apasionados...

La vejiga de Moncho decidió romper ese estado poético, y cuestiones fisiológicas exigían unos momentos de atención... Corriendo y medio a oscuras, fue a dar al cuarto de baño... Tras un momento de emergencia, su cara volvió a recuperar esa sonrisa de felicidad por el deber cumplido, más consciente de su entorno fue caminando tranquilo y confiado hacia ese mundo maravilloso llamado Eva, que había dejado descansando plácidamente... Moncho se paró a ver los detalles que la luz de la luna dejaba entrever en el salón... Se dirigió hacia un portarretratos, lo cogió entre sus manos...

“A mí me suena esa cara”... Su cabeza daba vueltas sin parar, intentando adivinar algo que le comenzaba a preocupar... Era algo que no podía controlar, y sin embargo estaba ahí, consumiendo su tiempo y su hasta entonces deliciosa estancia... Y de repente un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, quien estaba al lado de su amor en aquel portaretratos no era ni más ni menos que su Marisa... Aquel antiguo amor que dejó por miedo al compromiso cuando estaba embarazada... Eran otros tiempos y tenía 20 años menos... Así que si Marisa estaba allí, era porque... Avanzó hacia la habitación rápidamente con la foto de su antiguo amor en una mano y la sospecha en otra... La chica estaba profundamente dormida mostrando ese cuerpo escultural... Miró la foto, la miró a ella... Efectivamente era el doble de ella... Se había acostado con su propia hija... Rápidamente cogió los pantalones... Su camisa y cazadora y como una exhalación se marchó de casa... Estaba durmiendo ya Moncho en su propia cama, cuando Eva se despertó dulcemente, y con ganas de más mimitos... Se extrañó de que no hubiera nadie en casa y llamó y buscó por toda la casa, hasta que descubrió por fin la cartera de Moncho en el suelo...

La miró... Hurgó en ella, como sólo las mujeres suelen hacer... Es curioso que en un trozo tan pequeño, se pueda contar la vida entera de una persona; y como los hombres son tan simples, de un plumazo se sabe exactamente sus gustos y su forma de pensar... Y la de Moncho le delataba...

Muchas tarjetas de visita, y gran parte de ellas de ocio... Algunas de mujeres... Dos ó tres preservativos, y el resto papelitos sin importancia... Muy pocos de trabajo...

El día siguiente fue desastroso, menos mal que era sábado... La cabeza de Moncho era como una lavadora en pleno centrifugado, el simple silencio era una dura prueba de resistencia para su cerebro... Y por si esto fuera poco, acostarse con su hipotética hija (aunque él sabía que era suya) era la gota que colmaba el vaso...

Todo el sábado estuvo muy pensativo, y apenas si era capaz de enlazar más de tres frases seguidas acerca de un pensamiento... No era extraño, porque tenía tendencia al despiste... Pero sí tanto silencio... Moncho era de los que hablaba... Marijose, su mujer observaba la situación pero no dijo nada, sabía lo mal que se pasaba después de una fiesta, e intentó aliviar su “Peazo resacón”... Pasó el sábado y el domingo...

Llegó la semana siguiente... Todo comenzaba a ir sobre ruedas, salvo por la metedura de pata y la cartera que no la encontraba por ninguna parte... Puso la excusa de que la había perdido en la noche de borrachera... Para sus adentros era muy violento ir a buscar la cartera...

El miércoles sonó el teléfono en casa de Moncho, y se puso como siempre su hijo... Todo ilusionado contestó con un “HOLA” al teléfono y se decepcionó al ver que la voz femenina preguntaba por su padre, con un gesto de desgana llamó a su padre: “Papá, es para ti”... Con un guiño le dijo con sonrisa malévola: “es una mujer... Y joven”... Moncho se puso al teléfono, con cierta alegría...

“Hola soy yo, Eva... Te dejaste una cartera el otro día... Ah! ¿Porqué te fuiste tan pronto?...

“Yo... Bueno, ya sabes, se me hizo tarde”...

“Porqué no quedamos mañana jueves, para tomar un café??? Así te doy la cartera... Bueno pues ya quedamos...

Y sin dejar decir nada a Moncho colgó el tfno...

Era un día otoñal, hacía frío y llovía a raudales, la cafetería era un sitio de paso, con grandes cristaleras, aunque muy cómoda... Ella estaba tomando un café tranquilamente y mirando por la ventana... El, esperaba que ella no se diera cuenta de su presencia, así podría escaquearse con mayor facilidad... Un saludo muy afectuoso de ella dio al traste con el plan... Otra vez que tendría que improvisar una excusa válida...

La conversación empezó un tanto fría por parte de Moncho, pero se fue relajando, gracias a las sonrisas constantes de ella, y llegó el combate tras un par de tazas de café y un pastelito...

“Porqué te fuiste tan pronto el otro día, me dejaste a medias, sabes...”(Le dijo ella, acariciándole la mejilla)

“Verás es que... Se me hizo tarde... Y tampoco estaba muy en condiciones de darte todo lo que querías...” (Le dijo él apartándole suavemente la mano de la mejilla... Le sonrió abiertamente)

“De verás que no os entiendo a los chicos, cuando mejor os lo estáis pasando os da el agrión de repente y... ¡Zass! Cortáis de cuajo... Dime, ¿qué te ocurre?

“Eva no podemos seguir así, no es normal... Tú tienes tu vida, eres joven y no merece la pena que mantengas una relación con un dinosaurio como yo... Para una noche loca puede estar bien, pero no más...

“Vamos no digas bobadas, sabes que entre tú y yo... Aquella noche fue muy especial... No fue una simple noche lujuriosa de borrachera... Y tú... eres muy especial... Te... (Moncho le tapó los labios antes de que pronunciara la frase maldita de todos los encuentros)

“No puede ser Eva... Por más que nos empeñemos no puede ser... Hay cosas que no pueden ser y ésta es una de ellas”...
“Moncho, sé que no eres como los demás, y deseo seguir viéndote... Y tú sé que también lo deseas” (No se podía decir que aquella chica pese a su juventud no tuviera las ideas muy claras... Sabía como conseguir lo que se proponía, Moncho estaba en jaque... Si no jugaba bien su estrategia en dos movimientos era Mate)

“Mira Eva no podemos seguir, sobre todo por una cuestión... Verás... Ejem... Hace muchos años conocí a una mujer preciosa y muy valiente... Mantuvimos una maravillosa relación... Yo fui el culpable de romperla... Y la rompí justo cuando ella necesitaba más apoyo... Me pidió que uniéramos nuestras vidas y no quise... Desapareció de mi vida, cuando quise saber de su vida, había tenido una hija... La Hija eres tú... Y yo soy tu padre... ¿Comprendes ahora?
(Hubo un momento de silencio, las miradas se cruzaron... Eva tuvo un brillo especial en sus ojos... Se levantó, se acercó a él, le besó apasionadamente en sus labios... Luego susurró dulcemente...)

“Papá... Te quiero”... (Y alejándose de la mesa con firmeza y sensualidad dejó a Moncho en Jaque Mate...)

fin

Jimul Abdallah Ibrahim